Revista DOXA1 Comment

De la telebasura a la telecensura

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De la telebasura a la telecensura

Pamela Subia León. 18 años.

Hace unos meses se difundió en las redes una campaña bajo el nombre de “No a la telebasura”, la cual promovía el rechazo de programas de competencias físicas, farándula nacional, y todos aquellos considerados un “insulto a la inteligencia” del televidente y carentes de “ética profesional”. Entre las propuestas de la iniciativa se encontraba la presentación del caso a las entidades pertinentes (instituciones públicas y representantes de los canales de televisión nacional) con el fin de solicitar la regulación de los contenidos expuestos, de modo que “aporten a la sociedad” en lugar de “empobrecerla en conocimientos”.

En contraposición, surgió como respuesta la campaña “cambia de canal”, la cual expone la subjetividad de términos como “telebasura” y “ética profesional”. Por ende, se descarta todo tipo de prohibición o censura de los contenidos transmitidos. Y, en su lugar, se plantea, la idea de que cada individuo posee la libertad de elegir las emisiones que considere adecuadas para sí mismo, aunque puede, a su vez, persuadir a otros de acuerdo a sus principios.

Dado que el representante de “No a la telebasura” se expresa en primera persona al referirse a dichos programas como un insulto intelectual, existe hasta cierto punto una convergencia con la campaña “cambia de canal”, pues solo se está persuadiendo a la audiencia según los principios de un individuo que explica su rechazo a la televisión basura. Sin embargo, la disputa inicia al proponerse la regulación de los contenidos expuestos, arribando al clásico debate sobre la censura.

En la reciente visita del escritor J.M. Coetzee a Guayaquil, el Nobel de Literatura discutió puntos cruciales al respecto. Como preámbulo se debe conocer que, durante el apartheid sudafricano, que llegó al poder en 1948 e impuso por casi 50 años estrictas medidas de control a la población y segregación racial, los métodos de censura trataban de desvincular a los ciudadanos de las intrusas ideologías occidentales. Años después de la destitución del partido, investigaciones revelaron que muchos de los funcionarios encargados de clasificar la literatura habían conformado el círculo social de Coetzee, siendo individuos de clase media y con preparación literaria. Según el autor, los censores, sabiéndose personas académicamente preparadas e inmersas en el medio artístico, consideraban que al ser ellos quienes filtraban los contenidos literarios publicados, intercedían a favor del intelecto del pueblo sudafricano e incluso de la literatura misma. El hecho de que la condición intelectual adjudicada a un individuo lo faculte para tomar decisiones sobre lo que otro puede o no consumir es suficiente para notar el matiz peligroso que puede adquirir la censura.

Homologando la idea previa al debate sobre la televisión ecuatoriana, la campaña “No a la telebasura” subdivide, de manera similar, a la sociedad en dos: un grupo letrado y crítico y otro ignorante y manipulable. Así, la regulación mediante leyes faculta a un grupo para elegir lo que el otro debería ver. El problema está en que dicha potestad no es innata para ninguno de los grupos. Más bien, es auto-asignada por el primero de ellos.

Como segundo punto, es interesante interrogarnos ¿Cómo se traza la línea entre lo que es o no televisión basura? Por ejemplo, entre los comentarios del polémico debate en las redes sociales, podía observarse a personas catalogando a un programa sobre farándula como plagado de faltas éticas, por discutir la intimidad de personajes públicos, mientras que se refería a otro programa de farándula como “prudente y respetuoso” y, por ende, ajeno a la categoría de “basura”. Tantas palabras ambiguas son suficientes para comprender lo fácil que sería llegar a un proceso de legislación arbitrario. 

En tercer lugar, habría que plantear en qué medida la regulación conlleva a la solución del problema. Desde la perspectiva de las cadenas de televisión, es importante recordar que ya existen parámetros en la ley de comunicación respecto al carácter de los contenidos expuestos, sobretodo en franjas horarias infantiles. Sin embargo, si aún se exhiben contenidos que pueden ser catalogados como “inapropiados” o “intelectualmente ofensivos” es porque de una manera u otra, se logró transformar imágenes o comentarios explícitos en sugestivos, cumpliendo con las regulaciones impuestas, pero sin mejoras en la calidad de la programación. Ello nos lleva a pensar que, si antes no se logró una evolución, un nuevo intento de fortalecer la ley de comunicación tampoco tendrá grandes repercusiones. No obstante, una alternativa potencial podría surgir si se aborda el problema desde la raíz: la mentalidad del televidente. De manera que, si varía la calidad de los programas demandados, los medios de comunicación se adaptarían a la nueva tendencia.

En realidad, no existe un prototipo de la sociedad para conocer, tras una serie de ensayos, la solución correcta a un problema. En todo caso, es ingenuo pensar que un cambio de esa magnitud se logra mediante regulaciones exógenas y no mediante el proceso crítico e introspectivo de cada individuo.

 En términos claros, es innegable que muchos de nosotros no compartimos ni disfrutamos en lo absoluto de los contenidos de programas de farándula, competencias físicas, entre otros. Y, evidentemente, tenemos razones que se pueden sustentar y claras por las cuales elegir otros tipos de programación u otras actividades. Sin embargo, es prudente comprender que la imposición ideológica no es una opción, sobre todo si se acude a entidades externas para que la ejerzan.

Dentro de los debates que se han realizado para discutir la temática, se ha expuesto la dificultad al momento de conseguir financiamiento para nuevos proyectos televisivos, así como también para introducirlos en las cadenas de televisión existentes. Por lo tanto, la idea de una mayor variedad en la programación aparenta ser un plan a futuro.

Por otro lado, lo anterior no significa que se deba subestimar la acción civil. La televisión ya no es el único medio masivo de comunicación y las plataformas en línea abren cada vez más las puertas a la difusión de proyectos independientes. Si no emprendemos un proyecto propio, aportemos con la difusión de proyectos que consideremos un aporte a la sociedad. Por ejemplo, la estantería de libros en la Metrovía, es un proyecto que indirectamente aborda el problema desde la raíz, introduciendo a la literatura como una alternativa de entretenimiento. Así también, mensualmente se desarrollan conciertos, obras de teatro, eventos culturales, garajes de libros, conversatorios, proyecciones de filmes en centros culturales, entre otros, y es una buena idea compartirlo con cuantas personas sea posible.

 En fin, sea cual sea la solución, los cambios no se observarán a corto plazo, y si en realidad la sociedad civil lo considera una cuestión relevante, debe ser la primera en manifestarse mediante acciones. Lo que sí es innegable es que hay suficientes obras distópicas al respecto para comprender que plantar la semilla de la censura y del “Estado policial” puede volverse un perjuicio colectivo, pues la misma mano que hoy tapa la boca de nuestro enemigo, mañana tapará la nuestra.